Hay un termómetro infalible para medir un país: la sala de profesores. No los discursos, no las estadísticas, no las jornadas pedagógicas con mate lavado. Allí conviven el cansancio, la vocación, la bronca y el silencio. Si en una sala de profesores no se habla de la actualidad, de lo que nos aqueja como ciudadanos, algo está roto. ¿Cómo podemos comprender a nuestros alumnos y sus contextos si el silencio nos limita? ¿Cómo leer sus angustias, enojos, miedos, si evitamos hablar sobre el mundo que nos atraviesa?
La educación siempre fue un campo de batalla simbólico. Desde los debates fundacionales de Domingo F. Sarmiento hasta las luchas docentes del siglo XXI, la escuela fue el espacio donde se disputó el sentido del país. Hoy la disputa ya no es abierta, no se da en la plaza ni en el aula con argumentos: se da en voz baja. O peor, no se da. Incluso hay un convencimiento instalado en un sector del cuerpo docente que repite: “siempre cobramos mal, no solo en este gobierno”, como si la persistencia histórica de la injusticia pudiera convertirse en coartada para la resignación, como si la costumbre del deterioro nos eximiera del compromiso de luchar por transformarlo.
La palabra “política” se convirtió en mala palabra. Como si educar no fuera un acto político. Como si enseñar historia, literatura o ciencias sociales pudiera hacerse en una burbuja aséptica, sin contexto, sin preguntas incómodas. Como si formar ciudadanos críticos no implica necesariamente incomodar.
Se acusa a los docentes de adoctrinar por invitar a pensar. Pero el verdadero adoctrinamiento es el que se ejerce sobre el cuerpo docente para que se calle. Para que no opine. Para que no vincule el contenido con la realidad. Para que no incomode. Para que no despierte.
Cuando en la sala alguien se atreve a tocar un tema importante —pobreza creciente, violencia institucional, vaciamiento cultural, precarización laboral— la conversación se desvirtúa, se relativiza. Se banaliza. Se convierte en chiste o en anécdota menor. Y siempre aparece el chiste oportuno, la bomba de humo perfecta que descomprime cualquier intento de reflexión colectiva. Se ríe. Se dispersa. Se olvida. Pensar parece un exceso. Buscar respuestas, una impertinencia.
La educación no se deteriora solo cuando faltan recursos o se caen los techos. Se deteriora cuando el miedo o la apatía colonizan el pensamiento. Cuando la autocensura se naturaliza. Cuando discutir el presente se vuelve sospechoso. Una escuela que no puede hablar de la realidad que la atraviesa está condenada a simular. Simular que enseña ciudadanía sin ejercerla. Simular pensamiento crítico mientras esquiva lo crítico. Simular neutralidad cuando lo que hay es silencio. Y esto ya lo vivimos.
La sala de profesores debe ser laboratorio de ideas, espacio de construcción colectiva. Debería ser el lugar donde ensayamos entre pares, el espíritu crítico que intentamos sembrar en nuestros alumnos.
Sin embargo, se parece más a una sala de espera: cada quien mirando su celular, cuidando no decir demasiado. La acusación de adoctrinamiento funciona como disciplinamiento. No hacia los estudiantes, sino hacia los docentes. El mensaje implícito es claro: “Enseñen contenidos, no contexto. Repitan programas, no preguntas. Cumplan horarios, no incomoden”. Cuando la educación calla, otros hablan. Y no siempre para ampliar derechos o fortalecer la democracia.
La educación no se deteriora solo cuando faltan recursos o se caen los techos. Se deteriora cuando el miedo o la apatía colonizan el pensamiento. Cuando la autocensura se naturaliza. Cuando discutir el presente se vuelve sospechoso. Una escuela que no puede hablar de la realidad que la atraviesa está condenada a simular. Simular que enseña ciudadanía sin ejercerla. Simular pensamiento crítico mientras esquiva lo crítico. Simular neutralidad cuando lo que hay es silencio. Y esto ya lo vivimos.
La sala de profesores debe ser laboratorio de ideas, espacio de construcción colectiva. Debería ser el lugar donde ensayamos entre pares, el espíritu crítico que intentamos sembrar en nuestros alumnos.
Sin embargo, se parece más a una sala de espera: cada quien mirando su celular, cuidando no decir demasiado. La acusación de adoctrinamiento funciona como disciplinamiento. No hacia los estudiantes, sino hacia los docentes. El mensaje implícito es claro: “Enseñen contenidos, no contexto. Repitan programas, no preguntas. Cumplan horarios, no incomoden”. Cuando la educación calla, otros hablan. Y no siempre para ampliar derechos o fortalecer la democracia.
Esa escena, repetida en las escuelas, es más elocuente que cualquier análisis político sobre el por qué de nuestra actual situación social. Pueblo adormecido, convencido de lo que otrora se llamó esperar que la riqueza "se derrame" sobre nosotros los proletarios, profesionales o no.
Qué debemos esperar del futuro. Cómo transformarlo. Cómo viabilizar las propuestas para ir hacia una mayor justicia social, hacia dejar de tener como mandamases a caricaturas de señores medievales. Por qué nos estamos dejando morir de angustia por no poder satisfacer necesidades familiares aún con sobrecargas laborales. No tengo las respuestas, pero si tengo en claro que la apatía, el dejar transcurrir, no es el camino.
Juan Carlos Ramirez Leiva

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