domingo, 12 de octubre de 2008

Restaurar la asimetría

La escuela ha dejado de ser el lugar en donde se aprende; se ha convertido en una prolongación de la calle, del hogar, de los lugares de esparcimiento (la cancha, la plaza, la discoteca); los alumnos parecen no diferenciar el estar dentro y fuera de ella. La heterogeneidad de esas conductas se traduce en violencia verbal, psicológica y física, que afecta a docentes y alumnos, en tanto cada uno de esos actores sociales puede llegar a ser indistintamente, víctimas y victimarios, sin solución de continuidad.
Todas las situaciones de indisciplina tienen como protagonistas a los alumnos, a los docentes y a las familias y si bien los bajos niveles de convivencia vienen dados por diferentes cuestiones, los educadores destacan especialmente el rol de las familias, como las más negativas. Las salidas de las escuelas, a menudo se convierten en campos de batalla, y por múltiples razones los adultos ya no intervenimos para separarlos. Los padres apoyan las actitudes guerreras de sus hijos para que “no se deje pisotear” y es probable que se vuelvan, padres e hijos, en contra de quien pretenda separarlos, y ello sin contar que si los contendientes son mujeres o mixturas, el problema es mayor porque el adulto puede ser considerado un “degenerado” si toca a las “nenas” en conflicto. La violencia escolar tipo bullying (entre pares) merece toda la atención y todos los proyectos encaminados a erradicarla, serán siempre insuficientes. Sin embargo, es la conflictividad en el aula, la violencia “de baja intensidad”, la que resulta mucho más perjudicial para el sistema y para la convivencia.
Algunos alumnos presentan problemas serios de comportamiento, son groseros y desconsiderados, sin justificación alguna. En numerosos casos, los docentes incitan a la proliferación de esas conductas por su ausencia del aula, y no me refiere únicamente a la física, sino a la del desinterés nacido de la indolencia propia y de las autoridades de la institución. Basta con ver como se repite el caso de alumnos que comen en clases, escuchan música en su MP3 o celular, como interrumpen las clases llamando en voz alta a algún compañero, haciendo comentarios inoportunos a voz en grito, o levantándose de su sitio sin permiso.
La casi total ausencia de autoridad ha traído como consecuencia que algunos docentes llegan a sentir angustia previo al ingreso a determinadas aulas (nótese el aumento de maestras que prefieren ser secretarias o preceptoras, que no resisten la idea de retornar a las aulas). Los innumerables comportamientos disruptivos que varios alumnos presentan durante las clases han provocado casos extremos, con docentes que llegan a sufrir la total destrucción de su identidad profesional. Consideremos el caso de la profesora “autista”, que no se enteró de que la estaban filmando, que tenía estudiantes detrás suyo, que le prendieron fuego a su cabello, ni que le habían puesto un preservativo en la cabeza, etc., etc.
Una posible explicación a todo lo relacionado con la indisciplina podría estar en el fracaso de la llamada Escuela Comprensiva, la que parte de la idea de que puede “aprenderse” sin esfuerzo… de forma lúdica. La Pedagoga sueca Inger Enkvist, explica que se basa en una filosofía educativa que casi absolutiza al niño o adolescente, considerando a los alumnos dotados de una autonomía intocable y que no se puede hacer nada que la enturbie. Hemos cambiado de una visión en la que la familia tenía que adaptarse a lo escolar y cualquier conflicto se dirimía en favor de la escuela, a una visión en que suponemos que una escuela es buena, cuando la población está satisfecha del servicio que recibe. Hemos transformado a los alumnos, en clientes. La falta actual de autoridad del docente frente al aula es, según el ministro de Educación porteño Mariano Narodowski, consecuencia de las políticas educativas de los últimos años que mientras desautorizaron la palabra del adulto, afirmaba la confusión entre autoridad y autoritarismo. Se creo una equivalencia entre adultos y niños, entre escuelas y familias, entre docentes y alumnos. Esa equivalencia sólo permite la negociación y en ella va desapareciendo la imagen y el rol del educador.
Educar es siempre una relación asimétrica, que no tiene que ser dominio o sumisión pero tiene que conservar la asimetría. Los adultos tienen que consensuar cuáles son los "no" que permiten convivir en sociedad. Claro que, como sostiene Mario Zerbino, psicólogo y docente investigador de la UBA, las diferentes modalidades de expresión de la violencia requieren distintos tratamientos y que, antes de cuestionar a los jóvenes, los adultos deberíamos saber "en nombre de qué se les está pidiendo a ellos que se porten bien".

Juan Carlos Ramirez

1 comentario:

L.F. dijo...

Excelente artículo del señor Juan Carlos Ramirez. se nota su sapiencia sobre el tema abordado. Además me sedujeron totalmente las palabras de su perfil, tanto que me las apropio internamente : "Soy tan literalmente socrático como irresponsablemente sartreano."